Diseño sin título (4)

“No nos gusta la música…”

Me pasó una vez que viví una situación difícil en la que sufrí mucho. Recuerdo que fui al cine a ver una película y cuando llegó la escena triste de la trama, (como en toda película), la música me tocó la fibra y me conmovió tanto que mis lágrimas derramaron por mis mejillas. 

 

Tanto así, que cada vez que volvía a ver la película y llegaba la misma escena, no podía aguantar y mis lágrimas volvían a caer.

 

Recuerdo que mucho tiempo después, cuando estuve en Marruecos trabajando con mi amiga Vanessa Paloma, (que para ese entonces, ella estaba escribiendo su tesis); caímos en una conversación acerca de la música y yo le conté lo que me pasaba con esa escena de la película. Pues bien, ella me dijo algo que hasta el día de hoy, 6 años después, lo recuerdo como si fuera ayer. Me dice: 

 

“Yojanan, justamente de eso estoy escribiendo. Hay un capítulo en el que explico el poder que tiene la música de envolver la situación que uno está pasando en el momento, ella actúa guardando la sensación”

EL ACCIDENTE.

 

Es decir –agrego yo–, si una persona va en su auto conduciendo hacia algún lugar con la música sonando en el reproductor, y de repente– jas veshalom, tiene un accidente, esa música que estaba escuchando y en especial esa canción, atrapa todas esas sensaciones y las guarda como en una memoria interna. Así, cuando ese conductor en un futuro, vuelve a escuchar esa misma canción, ésta sale y como si de un maletín se tratara, sale dentro de ella esas sensaciones de miedo y pánico que tuvo la persona no importando cuántos años hayan pasado desde el accidente.

 

Desde que entendí ese principio me doy cuenta el poder que tiene la música y la responsabilidad que tenemos los artistas. 

 

Hace algunos días me acordé y reviví la misma situación que fue el motivo por el cual escribo ésto ahora.

Anécdota en Valencia

Cuando viví en Valencia, España, entre otras cosas, dictaba clases de guitarra a un miembro de la comunidad judía (que a su vez, él me pagaba con clases de hebreo). Él me pidió un día que le enseñara una canción. Yo por supuesto se la enseñé. Él tenía la costumbre de brindarme un café y galletas que traía de Israel. Eso era casi siempre como un ritual en cada clase. Yo Llegaba a su casa, saludo, café, galletas, clase de guitarra, merienda, café humeante y oloroso, galletas, clase de hebreo y despedida. Ese ritual se repetía cada semana (lo extraño, por cierto)

 

En mi caso, la canción me pareció muy fresca y me quedó gustando, y hace unos días, me acordé de la canción y le pregunté a él el nombre, ya que no lo recordaba y cuando la vuelvo a escuchar 5 años después, ¿qué crees? 

 

impresionantemente ¡me llegó el aroma del café y las galletas que me brindaba!. ¡LITERAL!. 

 

Empecé a revivir las mismas sensaciones que tuve cuando escuché la canción por primera vez en Valencia. ¡El aroma del café!, ¡el sabor de las galletas!. La sensación del clima, los recuerdos de la esquina de la calle Maestro Gozalbo, cuando salía de su casa y veía las luces de los coches encendidas porque ya estaba oscureciendo, Las hojas de los árboles secas que caían aquellas tardes de invierno húmedo Valenciano. Detalles tan pequeños que si me los hubieras preguntado antes de escuchar la canción, no me acordaría en lo absoluto.

Es impresionante lo que te cuento porque ahora se puede entender el por qué a veces tenemos preferencia por una música o el rechazo a otras.

 

Me atrevo a afirmar que la música no nos gusta tanto por la forma musical o los acordes en sí sino más bien, por la vivencia que ésta trae a nuestra mente.

 

¡NO NOS GUSTA LA MÚSICA!

 

Hay personas que rechazan un estilo de música. Dicen que les parece desagradable, y muchas veces incluso, no pueden explicar el por qué de ese rechazo, es más, 

 

ellos muchas veces no tienen idea del por qué tal o cual estilo de música les desagrada. Pero si vemos las cosas en profundidad nos daremos cuenta que no es porque la música sea fea, o esté compuesta de una manera errónea. La música puede ser excelente (o no) pero simplemente, esas personas tuvieron una mala experiencia de vida en la que por suerte (o desgracia diría yo) esa música estaba sonando.

 

“Según la Torá hay muchas leyes que no se podrían entender a no ser que se entonen con las tonadas musicales. La música nos impulsa a hacer cosas que no haríamos sin ella. Existen siete notas musicales, así como siete Sefirot  (emanaciones divinas). Para que cada una de esas notas  nos lleguen a tocar, ya sea de forma buena o mala, tenemos que exponernos a ella”.

 

También cito lo siguiente del Rabino Amram Anidjar:

 

“En el judaísmo se habla mucho de la importancia que tienen las canciones. “David Hamelej (el rey David) es quizás el más destacado en la música, sabemos que le gustaban los cánticos y la música. Los Tehilim (Salmos) los escribió con varios instrumentos. Cuando David estaba inspirado comenzaba directamente a cantar, pero cuando estaba decaído, primero buscaba la inspiración y después cantaba. Ésta es una oportunidad de ofrecerles a todos una conexión con el creador. Como judíos, cambiemos nuestra música: hay música pura y pura música,  podemos ver una gran diferencia entre los dos”, señaló.

Escuchen bien, el Rav Anidjar dice: “Hay música pura y pura música”…

Dijimos antes que la música es un envoltorio, quiere decir que si decimos que hay música pura, es que el envoltorio posee un contenido puro; y por otro lado hay pura música: quiere decir que el envoltorio existe, pero está vacío.

 

También dice el Rav Anidjar que cuando David estaba inspirado, comenzaba directamente a cantar, pero cuando estaba decaído, primero buscaba la inspiración y después cantaba” O sea que David primero se llenaba de experiencias divinas, de Kedushá, de pureza y una vez que tenía un contenido santo, buscaba el envoltorio es decir: la música, y cantaba. porque de lo contrario, si cantaba sin la inspiración, sin todo el contenido, solo dejaba el envoltorio vacío, y quedaba “pura música” como dice Rav Anidjar.

 

Es profundo este tema, vaya que sí…

 

Concluiría por ahora diciendo que NO NOS GUSTA LA MÚSICA por sí misma, a todos nos gusta las experiencias que ella trae a nosotros, las experiencias que nos hace revivir. Los gratos aromas que percibimos sin darnos cuenta, el cosquilleo en la panza, esa sensación indescriptible que nos llega, ese algo inexplicable, en ese alguien que nos convertimos, ese brillo en los ojos que hacen que tus amigos te digan que estás enamorado!

 

 Ahora entiendo el por qué cuando estábamos en una presentación con el Mariachi Yerushalaim en las calles de Jerusalem y tocamos la canción que se llama Bésame Mucho, llegó con lágrimas en los ojos una señora y nos dijo: “Ustedes me hicieron recordar a mi marido que en paz descanse, él solía cantarme esa canción”…

 

La música es un envoltorio que guarda todas las sensaciones positivas o no tan positivas que hemos vivido en un momento determinado.

 

¿Acaso has escuchado una canción de tu pueblo o del lugar donde naciste y esa canción te hace recordar a tu abuelita o abuelito, el aroma del café, el sabor de la sopa, el aroma de la casa o del país de donde vienes? 

 

¿Acaso has escuchado una canción que te hace llorar y te toca la fibra que lo que haces es llorar como un bebé indefenso?

 

Ya sabes el por qué… 😉

Fuentes citadas: Enlace Judío

Citas en cursiva del Rabino Amram Anidjar

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